Crítica realizada para la asignatura de Periodismo Cultural en noviembre de 2009
Un libro justamente mayoritario
“El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de la música”. Alex Ross. Ed. Seix Barral
Normalmente, las obras de arte quedan entre una minoría, que quedará como guardiana de un pequeño tesoro que no volverá a ver la luz. Pero otras veces lo minoritario se vuelve mayoritario. Incluso muy mayoritario. Ese es el caso del libro “El ruido eterno”, convertido ahora en el mayor sueño de lo que empezó siendo un mero entretenimiento. Su escritor, Alex Ross, había creado un libro para una minoría, aquella a la que le interesa la música contemporánea, pero ha acabado teniendo en sus manos un ejemplo más de cómo el boca a boca puede crear un éxito aún mayor del que pueda conseguir una promoción maratoniana.
Pero, siendo sinceros, ¿cuántas probabilidades había de que un libro sobre música contemporánea, un auténtico manual sobre el conflicto entre las instituciones establecidas en el mundo artístico y el convulso ambiente del siglo XX, tuviera tanto éxito? Muy pocas. Prácticamente ninguna. Éste era un libro destinado a quedar al abrigo de bibliotecas especializadas, a modo de polvoriento compendio histórico para consultas específicas. No obstante, estamos confundiendo el punto de vista. Aquí lo importante no es qué, sino el cómo. En ello está su verdadero éxito. Alex Ross maneja una prosa interesante, emocionante e incluso divertida, alejada de convencionalismos especializados que distancian al lector del contenido. “El ruido eterno” funciona a base de anécdotas personales de los grandes músicos y habla directamente a la cara sin prejuicios, tratando al lector como un cómplice en la historia y no como un espectador ajeno. Es sorprendente verte a ti mismo leyendo la historia de la creación de la ópera “Salomé” entre Strauss y Mahler con una sonrisa en la boca y deseando terminar el capítulo para correr a verla. O ser a ratos un ruso más en la época de Stalin y, a las cincuenta páginas, vivir el nazismo musical de Hitler.
Es un libro para valientes, pues hay que serlo para comprar, sin conocerlo, un libro de 800 páginas en torno a la música contemporánea. Pero, créanme, no es lo que parece. Este libro no desilusiona a nadie. El músico especialista puede regodearse una y mil veces con las anécdotas de los compositores que descansan en el campo mientras la crítica internacional los acusa de ser compinches del diablo o algo mucho peor, todo eso mientras la música suena en su cabeza durante la lectura. Y, sin embargo, tampoco va a defraudar a inexpertos aficionados a la música, porque abre todo un mundo complejo mediante pequeñas puertas con un solo pomo y sin llave. Sólo hay que girar y entrar, y cuando finalice esas 800 páginas sentirá que no ha perdido el tiempo, que ahora es mucho más sabio y todo sin haber sufrido de aburrimiento ni un solo ápice.
Además, esta historia del “ruido” del siglo XX no se queda solo en páginas y páginas de letras sobre la música. Está cargado de referencias concretas, de recomendaciones juiciosas, que crean una experiencia sensorial muy distinta a la de otros tantos manuales. Crea ansias de empaparse de la música, de conocer a los grandes mitos de nuestro siglo más reciente y que tan lejano vemos a veces. Las páginas se leen una tras otra, es difícil parar de hacerlo. Este crítico del “New Yorker” y del “New York Times” sabe lo que hace y lo hace muy bien. Este libro no se lee, se bebe. Y sobre todo, se escucha. Se escucha y mucho.
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