Publicado en Aparte Magazine en el número de mayo de 2011
La muerte es uno de los principales temas que centran la vida de cualquier ser humano. Se puede tener más presente o menos, sufrir su dolor directamente o aún temerla en la lejanía, pero siempre está ahí. Ronda la mente con el paso de los años y sobrevuela en cada aspecto de la vida, para que no olvidemos el valor del tiempo. Y con ello impregna cada manifestación artística.
La música nace con las personas. El cuerpo tiene un ritmo que sigue y sigue los días en que estemos aquí; nos movemos gracias a la sincronización de cada una de sus partes mientras la sangre circula. La música es vida y al mismo tiempo es muerte. Pero como en todos los aspectos de la naturaleza, no existe una simple combinación. Hay muchas maneras de morir y hay muchas maneras de entender la música.
La relación de la música y la muerte se mantiene desde los inicios del arte y es uno de los grandes bloques temáticos de la música “culta”. Los comienzos de la Historia de la Música surgieron en una estrecha relación con la religión y el réquiem o misa de difuntos es uno de sus grandes géneros. El más representativo es, sin duda, el Réquiem de Mozart, cuya creación guarda una curiosa historia relacionada con la muerte. Esta leyenda musical cuenta que el conde Franz von Walsegg envió un mensajero secreto a Mozart para encargarle la composición de una misa de réquiem que pretendía hacer pasar por una composición propia en el entierro de su esposa Anna. Sin embargo, fue tal el misterio con que el mensajero se presentó al compositor que éste, debilitado por la fatiga y la enfermedad que arrastraba desde la muerte de su padre, llegó a creer que el recadero era un enviado del Destino para escribir la música de su propio funeral. La historia se convirtió en leyenda cuando Mozart murió en 1791, poco tiempo después, dejando la obra inacabada.
Ya en el siglo XX Franz Liszt fue, como tantos románticos en la música, un compositor muy marcado por la idea de la muerte. La obra que mejor refleja su faceta espiritual y religiosa es Funerales. La creación de esta obra tuvo dos grandes “detonantes”: la muerte de Chopin y la derrota de la Revolución Húngara, que incluyó la muerte de muchos de sus compatriotas. Las notas del piano tienen reminiscencias de una tristeza que Liszt arrastró desde pequeño, cuando la muerte de su padre acabó con su carrera de niño prodigio y tuvo que seguir por su propio camino.
El rock, casa de la muerte
Asimilar la muerte no es fácil y lo mismo le ocurre a la música. Hay géneros, como ocurre en el pop, en los que la muerte es casi un tema tabú y tan solo aparece como un mero hecho anecdótico, sentimentaloide, en momentos cargados de cultura pop como el entierro de Lady Di y el Candle in the wind de Elton John. Frente a esto, el rock sí que ha asimilado el fenómeno de la muerte como algo propio, sin tapujos, sin exageraciones, encontrando incluso cierto gusto macabro en ella. Muchas son las obras inspiradas en la muerte. Destaca el fenómeno de la canción American Pie de Don McLean.
“And the three men I admire most, the Father, Son and the Holy Ghost /They caught their last train for the coast the day the music died” (Y los tres hombres que más admiro, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo /tomaron el último tren a la costa el día en que la música murió). Así dice esta canción folk-rock que trata sobre lo que se llamó “the day the music died”, el día que murió la música. Así se denomina al 3 de febrero de 1959, día en que Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper, reconocidos compositores y músicos de rock, murieron en un accidente de aviación durante la gira que estaban llevando a cabo.
No sólo son canciones las que se dedican a la muerte, algunos grupos construyen álbumes completos que rondan la idea. El tercer disco de My Chemical Romance, The Black Parade, es, igual que los anteriores, un álbum conceptual donde todas las canciones responden a un mismo eje temático. Como escribió Dan Martin en la revista digital NME con motivo de la publicación de The Black Parade, el LP está ambientado ambientado en la historia de un moribundo personaje conocido como “The Patient”, quien sufre a una edad joven de cáncer al corazón. En las canciones se cuenta su aparente muerte y cómo esta llega a través de un desfile, sus experiencias en el más allá y reflexiones sobre su vida. Lo mismo ocurre con Death Magnetic de Metallica. dedicado a los grandes mártires del rock, incluyendo a Cliff Burton, bajista del grupo fallecido en 1986. Y el “Adore” de The Smashing Pumpkins, es uno de los discos que, según la crítica, más íntimamente y con más fortuna estética trata el tema de la muerte y donde se incluye el tema Pug compuesta al estilo de una marcha fúnebre.
Esta relación entre la música y la muerte lleva su influencia a la creación de estilos donde la muerte es eje central. Ocurre así con el rock gótico, que reúne un conjunto de estilos donde lo común es el gusto por lo oscuro y lo dramático. En él, el sexo y la muerte van muy unidos y centralizan la mayor parte de la temática musical de sus grupos. Lo mismo ocurre con el heavy metal actual, donde la presencia estética de la muerte es bien clara, con la distorsión y la oscuridad como emblemas.
Los mártires del rock
Mozart y su Réquiem de leyenda encajan a la perfección, siglos antes, en lo que ahora es el principal enfoque “mortal” de la música: los mártires del rock y el pop. La música popular tiene una facilidad aplastante para convertir en leyendas a figuras que, tras su muerte, venden miles de copias más que en vida, como ocurre con Michael Jackson o Elvis Presley. Cada uno de estos “mártres” guarda un aura de misterio y secretismo en torno a su muerte. Layne Staley, vocalista de Alice in Chains, uno de los grandes grupos del movimiento grunge, fue encontrado muerto en su casa el 19 de abril de 2002 con 34 años. Habían pasado dos semanas desde la ingesta de heroína y cocaína que le provocó la muerte y, tal era el grado de descomposición de su cuerpo, que tuvo que ser reconocido tras comprobar el registro de su dentadura. El grupo Lynyrd Skynyrd se separó tras el accidente de avión en Mississippi el 20 de octubre de 1977, en el que murieron el cantante, Ronnie Van Zant, el guitarrista, Steve Gaines, su hermana, la corista Cassie Gaines y el mánager Dan Kilpatrick. O, cómo no, la muerte de John Lennon, cuando el 8 de diciembre de 1980, poco después de que volviera, junto a Yoko Ono, al departamento de Nueva York donde vivían, Mark David Chapman, un fan al que horas antes había autografiado una copia del álbum Double Fantasy, disparó contra Lennon por la espalda cinco veces en la entrada al edificio.
Pero, sin lugar a dudas, el fenómeno más llamativo de la relación de la muerte y la música es el Club 27, que engloba a esos músicos de rock y blues, todos muy reconocidos, que fallecieron con 27 años. Sobre sus muertes sobrevuelan el alcohol, las drogas, el suicidio y los accidentes de tráficos. La mayoría se produjeron extrañas circunstancias que aún hoy no se han aclarado. Al Club 27 pertenecen el miembro de los Rolling Stones Brian Jones, ahogado en una piscina; Janis Joplin, muerta por sobredosis de heroína y otras drogas; Jim Morrison, de muerte súbita; Jimi Hendrix, ahogado en su propio vómito; y, cómo no, Kurt Cobain, que, tras varios intentos de suicidio, aún no se ha comprobado su supuesto suicidio con escopeta.
En definitiva, muchas son las historias sobre muerte en música. Una por cada leyenda del rock, una por cada obra o canción, una por cada vez que el gran tema del ser humano, su final, ha rozado de cerca la mente de aquellos que mueven el mundo con la creatividad.