lunes, 11 de marzo de 2013

Una historia de detectives: la novela negra en España


Artículo publicado en La Red Información el 11 de marzo de 2013: http://laredinformacion.es/content/una-historia-de-detectives-0
Muchos son los géneros explotados durante la historia de la literatura en España, pero si hay uno especialmente actual, ése es el de la novela negra. Con festivales anuales dedicados al género como la del pasado mes de Bcn Negra, la Semana Negra de Gijón o el Getafe Negro, no cabe ninguna duda de que este subgénero dentro de la novela policíaca, de difícil delimitación, goza de muy buena salud en este país. El idioma habitual, o clásico, de la novela negra es el inglés pero sin duda existe mucha producción en castellano. Y dentro de esa producción, el caso español es especial. Pero, ¿por qué?
Vayamos por partes, como diría un gran enemigo de uno de los personajes más populares de la historia de la novela policíaca, Sherlock Holmes. No es lo mismo “novela negra” que “novela policíaca”. Los términos son utilizados con carácter intercambiable con mucha frecuencia, pero hay ciertas diferencias. Se considera que el origen del género policíaco es la novela Los crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe, lo cual convierte a su protagonista Auguste Dupin en el primer detective de ficción, nada menos que en el año 1841. Más de 170 años de historias de crímenes y deducciones que han sabido adaptarse siempre al contexto social y que cuenta desde entonces con el favor de un público apasionado, porque no hay nada que sobreviva mejor a las modas que el relato ficcionado de un asesinato. No hay peligro de realidad, pero sí el misterio del crimen. Raymon Chandler, uno de los mayores exponentes norteamericanos del género, escribía sobre esta atemporalidad del género y del éxito de un crimen narrado como novela en su ensayo El simple arte de matar de 1950: “El relato policial, por varias razones, puede ser objeto de promoción en muy raras ocasiones. Por lo general se refiere a un asesinato, y por lo tanto carece del elemento promocionable. El asesinato, que es una frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza, puede poseer -y en rigor posee- una buena proporción de inferencias sociológicas. Pero existe desde hace demasiado tiempo como para constituir una noticia. […] Hemingway dice en alguna parte que el buen escritor compite sólo con los muertos. El buen escritor de relatos detectivescos (a fin de cuentas tiene que haber unos pocos) compite no sólo con los muertos no enterrados, sino también con todas las multitudes de los vivientes. Y en términos casi de igualdad, porque una de las cualidades de ese tipo de literatura consiste en que lo que hace que la gente la lea nunca pierde el estilo”.
Por tanto, el interés por construir una ficción en torno a un crimen es indudable, pero eso no significa que todos los relatos deban responder a un mismo patrón. Como ya se ha dicho, la novela negra da un paso diferenciador respecto al género policíaco tradicional. Éste último, heredero directo de aquel Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, dio forma en las manos de Sir Arthur Conan Doyle allá por el 1887 al excéntrico detective Sherlock Holmes, sin duda el modelo más reconocible de investigador llevado a la ficción y que sentó las bases del género a lo largo de las cuatro novelas y cincuenta y seis relatos que Conan Doyle creó para sus famosas dotes deductivas. Holmes, convertido instantáneamente en mito, compite por la cátedra de la novela policíaca con Hercules Poirot, detective belga creado en 1920 por otro de los símbolos ingleses del género, Agatha Christie, que le dedicó la sorprendente cantidad de 33 novelas y 50 relatos publicados hasta 1975. Los dos detectives ostentan la categoría de maestros fundadores de la escuela británica de novela policíaca, donde los personajes se mueven entre las clases sociales altas, los crímenes son refinados y, lo más importante, el culpable siempre es descubierto y castigado por la ley.
Éstos son los límites de la novela policíaca en sus orígenes, pero la asfixiante situación social resultante de la Primera Guerra Mundial y la consecuente Gran Depresión de 1929 hizo que una gran revolución de género surgiera en los Estados Unidos de los años 20, a manos de tres grandes nombres de la literatura norteamericana: Caroll John Daily, creador de los estereotipos del nuevo género con su detective Race Williams; el comprometido y social Dashiel Hammett; y el ácido Raymond Chandler con su cinematográfico Philip Marlowe. Ellos fueron los creadores de la novela negra. De hecho, Chandler marca los límites del género renovado al describir a su colega Hammett en el citado ensayo publicado en 1950: “Hammett escribió al principio (y casi hasta el final) para personas con una actitud aguda y agresiva hacia la vida. No tenían miedo del lado peor de las cosas; vivían en ese lado. La violencia no les acongojaba. Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, y no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Describió a esas personas en el papel tales como son, y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente usaban para tales fines”. Exacto. En la novela negra los ambientes están cargados de la sordidez más cruda de los bajos fondos, protagonizada por héroes derrotados desde el comienzo que se mueven desencantados por una sociedad que tratan con cinismo, sin trabajo ni dinero ni buena compañía, y todo bajo un manto de poder corrupto hasta las entrañas.
Se entiende por tanto que el idioma nativo de la novela negra sea el inglés, venga de la producción inglesa o de la norteamericana. La literatura latinoamericana no tardó en impregnarse de las bases del género, creando su propio modelo, y aquí destaca un peculiar ejemplo, Honorio Bustos Domecq. En un enredo de metaficción, tras este autor ficticio de la colección de relatos Seis problemas para don Isidro Parodi se escondían dos de las mentes más imaginativas de la literatura en castellano: los argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, que le dieron forma en 1942 con los apellidos de sus bisabuelos. Bustos Domecq tenía incluso su propia biógrafa, la maestra Adelma Badoglio, obviamente también ficticia, que escribe el prólogo del primer libro donde el inventado escritor da rienda suelta a su personaje, el genio de la deducción Isidro Parodi. Cercano al detective de Allan Poe, Parodi es un antiguo peluquero ahora en la cárcel, desde donde resuelve casos, en esta parodia llevada al extremo por los maestros argentinos.
Éste es sólo un ejemplo de novela negra en castellano e intentar abarcar toda la producción latinoamericana nos daría una difícil lista de investigadores en la ficción. Si la vista del lector se orienta hacia la producción nacional, encontrará que la novela negra está íntimamente ligada al contexto social, de la misma forma que pasó en Estados Unidos. Y esto da una breve pero intensa historia de la novela negra en España. Los estudiosos Renée W. Craig-Odders y Jacky Collins publicaron en 2009 su libro Crime scene Spain: essays on post-Franco crime fiction, un estudio que propone explorar los cambios sociológicos, culturales, políticos y psicológicos en España en la actual era de la globalización reflejados en la ficción criminal española. En dicha investigación aseguran que muchos estudios han relacionado el florecimiento de la novela de crimen española con las cambiantes condiciones sociopolíticas que comenzaron en 1960 en España. “Como barómetro del cambio social y político, la novela criminal española participa en el intento por recuperar la verdadera historia de la dictadura y al mismo tiempo en el relato de la Transición y la consolidación de la democracia que siguió a la muerte de Franco”, asegura. De hecho, resulta sorprendentemente fácil ubicar el nacimiento de la novela negra en España: 1979, año de las primeras elecciones generales legislativas en democracia que convirtieron a Adolfo Suárez en su primer presidente. Citando de nuevo el ensayo de Craig-Odders y Collins, “Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán y Andreu Martín – tres de los novelistas más reconocidos de la España postfranquista – deben todos al menos algo de su éxito a sus aportaciones indiscutiblemente importantes al conjunto de la ficción detectivesca española. Es más, los tres autores proceden de Barcelona y focalizan una energía narrativa considerable a describir la experiencia urbana contemporánea de su ciudad natal. Curiosamente, todos produjeron una novela detectivesca en el año 1979: El misterio de la cripta embrujada de Eduardo Mendoza, Los mares del sur de Manuel Vázquez Montalbán y A la vejez, navajazos de Andreu Martín”. El anónimo detective habitual de psiquiátrico de Mendoza es hoy todo un clásico en la literatura nacional, de indudable éxito, de la misma forma que el famoso Carvalho cincuentón y grotesco de Vázquez Montalbán y juntos dieron forma, a la española, al estilo de Chandler y Hammett. Una sociedad corrupta, con bajos fondos abandonados a su suerte que sigue sufriendo la miseria de la dictadura pero ahora debe sumarse al sueño de la democracia, en un reflejo escandalosamente moderno de lo que comenzaba a ser un país que prometía igualdad y riqueza.
Poco a poco la Transición fue instaurándose y la novela negra lo hizo con ella. La España preolímpica de finales de los 80 dio lugar a personajes que seguía la línea abierta por Mendoza, Vázquez Montalbán y Martín. Francisco González Ledesma creó en 1983 su Inspector Méndez en una serie de novelas negras que alcanzaron un gran reconocimiento para el género como fue el premio Planeta de 1984 para la novela Crónica sentimental en rojo, obra cumbre de esta serie Méndez. Y en 1992 el investigador Carvalho se movió a sus anchas con las novelas de Vázquez Montalbán El laberinto griego y Sabotaje olímpico. Pero no todo eran hombres en la Transición española, la mujer quiso ocupar su lugar y para ello estaba Petra Delicado, inspectora de policía destinada en Barcelona creada por la escritora albaceteña Alicia Giménez Bartlett, que apareció por primera vez en la novela Ritos de muerte de 1996. De nombre muy acertado, Petra Delicado es una idealista que lucha por esconder su sensibilidad bajo una ironía afilada, representante del modelo de mujer independiente con una vida sentimental muy inestable.
Lógicamente, no sólo de Barcelona vive la novela negra y Madrid se ha convertido en un fuerte foco de creación en la última década, con representantes como Elvira Lindo, David Torres o Antonio Giménez Barca. A propósito de su análisis de dicha generación en el ensayo Spanish crime fiction and Madrid: Moving up, looking back, el estudioso David Knutson describe así el reflejo social que representan estas novelas: “Todos estos personajes son representativos de una generación contemporánea de españoles de origen humilde que crecieron entre los 80 y 90 que ahora disfrutan de un nivel de vida mucho más alto que el de sus padres o abuelos, pero que continúan identificándose con sus orígenes más humildes. La incapacidad para conectar totalmente con sus circunstancias actuales y la consecuente nostalgia del pasado es una preocupación central de las novelas”. Características también presentes en novelas como El blues de la semana más negra de Andreu Martín, del 2007, donde el mobbing inmobiliario se presenta como trama central, o el giro al investigador tradicional llevado al periodismo en la reciente novela de Maruja Torres, Fácil de matar, protagonizada por la periodista ya jubilada Diana Dial y cargada de denuncia social.
En definitiva, la novela negra entró por todo lo alto hace ya 35 años en la literatura española, como reflejo necesario de una generación desencantada como estuvo Chandler en su época y que el público sabe reconocer, valorar y exigir. Muchos ejemplos y muchos crímenes, que aún quedan por cometer entre las páginas de un libro. 

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